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Capítulo XVI: Vacaciones El devorador de croasanes estaba de vacaciones. El largo camino hacia el sur en busca del mar, de la playa, del chiringuito, del supermercado de precios inflados, de las barbacoas, del pequeño apartamento donde todo es extraño y familiar a la vez. Una vez más paró en el mismo bar de carretera antes de Despeñaperros. Una vez más se enfrentaría a la decepción infantil de no ver el resultado práctico del nombre del abrupto paso de montaña. De pequeño, mientras cruzaban el paso, no dejaba de mirar ilusionado, y al tiempo temeroso, por las ventanillas del coche esperando ver la diminuta figura de un perro agitando las patas mientras caía. El devorador de croasanes miró a su mujer, que terminaba su nš 7, ensalada, san jacobo, y patatas fritas.
No, número ocho no tenemos, que no han llegado los calamares, y si le digo la verdad no creo que lleguen nunca, desde que estoy aquí, y por la virgen de agosto harán seis años sirviendo platos en este bar, nunca hemos tenido número ocho, está en la carta, sí, pero nunca, lo que se dice nunca que yo recuerde lo hemos podido servir. - ¿Cuánto tiempo hará que tiene esa mirada apagada? - pensó - yo comencé a fijarme después de lo del informe de X. Su mujer llamó a los niños sin mirarlos - no toqueis eso -, un grito de rutina sólo para mantenerlos localizados y saber que seguían ahí, molestando a los otros clientes del bar y a los camareros. El devorador de croasanes volvió a pensar en el nombre de Despeñaperros, - ¿te queda alguna ilusión?, por pequeña que sea - la pregunta salió de su boca y voló hacia su mujer sin que el devorador de croasanes supiera por qué la había lanzado. - Tal vez sea mejor perder la inocencia y la ilusión y vivir sólo el presente - se contestó asimismo al ver el encogimiento de hombros que hizo su mujer por respuesta. La mujer de el devorador de croasanes bajo la vista hacia los restos de su plato y sonrió por primera vez en todo el viaje, - bueno, me queda la ilusión de sobrevivirte. No es que desee tu muerte, no es... bueno, es por el funeral, o sobre como me mostraré ante los demás tras tu muerte. Al poco de casarnos ya pensaba en ello, en lo que haría, en lo que diría. Si fingiría ser una viuda trágica, abrazada al ataúd de su marido... no quiero decir que no vaya a sentir dolor por tu perdida y que tenga que fingirlo, me refiero a mi actuación ante los demás, en como será... también tengo en cuenta a los niños, en si han sobrevivido y ante ellos ser la madre fuerte que se enfrenta a un futuro incierto ocultando su dolor, o si murieron junto a ti y lanzar amargos reproches a Dios, o... bueno, tengo varias ideas para varias posibilidades. Apartó su plato y echó otro vistazo a los niños. - A veces lo ensayo. Cuando estás en el trabajo y los niños en el cole, vacío el armario escobero de la terraza, y lo pongo sobre la mesita baja del salón como si fuera un ataúd, por eso está tan rallada y no por que los niños se suban encima, y para los niños uso los dos baúles que tenemos al pie de la cama cubiertos con una sábana blanca. El devorador de croasanes apuró de un trago su vaso de café con hielo y miró a su mujer a través de su fondo y de los restos de hielo. Iba vestida para el viaje, camiseta de tirantes, vaqueros, y unas zapatillas victoria sin cordones. Sin maquillar y con el pelo recogido en un moño descuidado que dejaba escapar algunos mechones, el cuello largo, un buen escote, y un buen culo, que ella cubría en la playa con pareos. Una madre cercana a los cuarenta, de aspecto cansado. - Y, no obstante, eres hermosa. - dijo el devorador de croasanes, pensando en voz alta. - Ya. - Sí, hermosa. - Algo querrás. - Sí, que me hagas una paja mientras conduzco. - Si claro, vale, con los niños berreando en el asiento trasero, maaamiii, maaamiii, ¿qué le haces a papaaa? - pero el velo había desaparecido de su mirada.
Aquella madrugada un autocar cargado de peregrinos de camino hacia el Palmar de Troya se había salido en una curva, llevándose por delante los quitamiedos y las protecciones que separaban la carretera del abismo. Ni el autocar, ni ninguno de los cuerpos de los peregrinos habían aparecido en el fondo del valle, por lo que las autoridades pensaban que todo era un truco más de los seguidores del autoproclamado "Papa Clemente". Mientras tanto se había señalizado el punto del accidente y colocado unas vallas provisionales. El devorador de croasanes llegó a la curva justo cuando las caricias de su mujer, que mirando hacia atrás distraía con canciones a los niños, le provocaban un orgasmo. Involuntariamente, su pierna derecha apretó con fuerza el acelerador. Aún aceleraba cuando las cuatro ruedas del monovolumen familiar ya no tocaban el suelo.
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Continuará...
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