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Capítulo III: Subtrama romántica |
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Ajeno a los profundos cambios en la vida del devorador de croasanes, Ernesto, se dispuso a disfrutar de su primer día de vacaciones por prescripción facultativa. Caminaba despacio, entre gente apresurada. Sin rumbo, entre gente que buscaba la ruta más corta entre dos obligaciones. Entró en una cafetería y pidió un café con leche, -Con la leche bien caliente, por favor-, disfrutando anticipadamente del tiempo que dedicaría a dejarlo enfriar, sin prisa alguna, hasta poder tomarlo sin quemarse. Pidió también una caracola, y comenzó a comerla en espiral, demorando la llegada al centro, más jugoso, y degustando goloso cada trocito de fruta glaseada. El camarero, al servirle el café, le sacó de su ensoñación azucarada.
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| - Disculpe caballero, pero debido a la súbita escasez de cucharillas, ¿le importaría compartir su cucharilla con esta señorita?, bastará con que después de remover el café, no la chupen. |
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- Créanme que lo siento, es algo inaudito, un "sin Dios", si me permiten la expresión, pero hace días que desaparecen las cucharillas en toda la ciudad...
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Ernesto no prestaba atención al camarero, su vista, su oido, su olfato, se centraban en la mujer que se sentaba a su lado. Su tacto, y su gusto, protestaban por no poder participar de aquel festín. Todas las frases inteligentes e ingeniosas, corrieron a esconderse en lo más profundo de su cerebro. -¡Hasta que sea demasiado tarde! - se despidieron de Ernesto entre carcajadas. |
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Sintiéndose un completo imbécil, sólo pudo ofrecerle la cucharilla balbuceando un triste "yo no tengo nada que hacer...ahora". Gesto que la mujer agradeció haciendo un poco más luminosa su sonrisa. Mientras ella removía el café, Ernesto se maldecía en silencio. "no tengo nada que hacer...no tengo nada que hacer...". Pensará que soy un vago, un tonto, un aburrido...ah, idiota, y ni me he traido la cámara, entonces la pediría permiso para fotografiar los restos de su desayuno, tendría...pero no... - He terminado - la mujer le tendía la cucharilla, con una pequeña gota de café en la punta. Ernesto acercó la mano, pero en el último instante ella retiró la suya. Sujetando aun la cucharilla, le miró sonriendo y entonces... |
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| ...y luego |
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...y después, entregándole por fin la cucharilla dijo, - yo tampoco tengo nada que hacer ahora, excepto tomar un café, y esperar hasta que recuperes el don de la palabra. A veces ocurren pequeños milagros, oh si, pero, ¿por qué desaparecen las cucharillas?...la respuesta, tal vez, en el próximo capítulo |
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Continuará...
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